•        

El Día Internacional de las Personas Mayores es una oportunidad para poner de relieve la importante contribución de las personas mayores a la sociedad y para concienciar sobre los problemas y los retos que plantea el envejecimiento en el mundo actual.

La composición de la población mundial ha cambiado de manera espectacular en las ultimas décadas. En la actualidad, casi 700 millones de personas son mayores de 60 años. Para 2050, las personas de 60 años o más serán 2.000 millones, esto es, más del 20% de la población mundial.

En el caso del continente africano, cuya imagen nos llega muy distorsionada, el número de personas mayores de 60 años puede cuadriplicarse en los próximos 40 años si se mantienen los niveles actuales de aumento de la esperanza de vida y la bajada de la natalidad. Y sin duda le supondrá a ese continente un desafío económico y social adicional (Instituto Nacional francés de Estudios Demográficos – INED). ¿En cifras? la Organización Internacional del Trabajo (OIT) adelanta que de 2010 a 2050 los mayores de 60 en el continente africano pasarán de los 56 millones actuales (el 5,5 % del total) a 215 millones (cerca del 10 %).

“Cada vez que un anciano muere, es una biblioteca que se quema” Amadou Hampâte Ba

Quienes trabajamos, como grupo Albertia, en servicios sociosanitarios para los adultos mayores, como los dedicados a responsabilidad social para la atención al colectivo en países donde sufren un mayor nivel de vulnerabilidad, como Fundación Derandein, tenemos un claro convencimiento de cómo debemos promover un marco de convivencia en pro de los derechos de este colectivo. Desde la mayor autonomía e individualidad de la persona, poniendo el valor que dentro de una sociedad tienen las personas mayores. Un valor que, al invisibilizarlo, causa una clara mella y divorcio entre la experiencia del pasado y la construcción del futuro.

Las pensiones de jubilación se limitan en muchos de los países de África a los funcionarios de gobierno y empleados de grandes empresas privadas. Según informes de la ONU, “en ausencia de una pensión suficiente, cuando una persona deja de trabajar solo puede apoyarse en su red familiar. Pero sin el apoyo de políticas públicas adaptadas, la futura capacidad de las familias para hacer frente a la vejez y a la dependencia de los mayores es cuestionable”. Y no tenemos que hacer un ejercicio de alta imaginación ni de profunda empatía cuando tenemos en nuestros barrios a adultos mayores viviendo la misma vulnerable realidad que, paradójicamente, la que pueden vivir en una pequeña ciudad al norte de Etiopia.

No son pocos los expertos que indican que, si el sistema de atención no cambia, el continente no estará preparado para ofrecer a ese colectivo un cuidado adecuado. Pero no estamos hablando de algo que nos es ajeno en España. La situación en el continente es grave. Cada vez más, muchos jóvenes se trasladan a las ciudades con el fin de buscar mejores perspectivas laborales, mientras que los miembros mayores de la familia se ven obligados a languidecer en los pueblos sin nadie que los cuide. Expertos advierten que, si el sistema de atención no cambia en el continente, las pensiones de jubilación serán un lujo de muy pocos.

Y, ¿en qué se diferencia entonces nuestra Europa desarrollada de la también “nuestra” Africa-en-vias-de? Pues quizá en menos de lo que creemos. Tal como escribía Montserrat Garcia – Oliva (2015), “en la sociedad occidental la imagen cultural dominante de la vejez es negativa, aunque se superponga a otras positivas, y los medios de comunicación de masas juegan un papel determinante en la obtención de un cariz paterno-compasivo. Esta imagen negativa predominante no es exclusiva de la sociedad occidental. La ambigüedad en torno a la valorización de la vejez se ha dado en todos los tiempos y lugares en el transcurso de la historia de la humanidad”.

La imagen tradicional de la senectud en la historia del continente africano no difiere de la del europeo: siempre ligada al principio material de la justicia y la equidad (mas allá de la proyección africana de lo místico-religioso). La justicia, la equidad, la bondad y la rectitud formaban los pilares de la imprescindible transmisión de los valores morales a la comunidad y en la vida cotidiana.

Ya se nos venía avisando de esta ruptura en trabajos como el de Nsang O’Khan Kabwasa (el correo de la UNESCO, 82), donde se apreciaba que “es más frecuente entre los jóvenes la tendencia a no tener en cuenta más que el nivel de educación de sus mayores” y cómo esa “erosión de los valores comunitarios, debida en particular al avance de los valores individualistas de la vida urbana, agudiza los riesgos de marginalización y aislamiento de las personas de edad avanzada en la sociedad africana”. Paradigma (y ruptura) que ya hemos naturalizado en nuestras sociedades.

Una sociedad que no cuida, involucra ni hace participes a sus mayores, no solo es una sociedad que ha perdido la integridad y la posibilidad de construir y mover la jerarquía de sus valores dentro de un paraguas ético y de conciencia. Podemos minusvalorar la ética y dejarla a los estudios de filosofía si quieren.

¿Somo pragmáticos en el argumento? De acuerdo: Cualquier comunidad o sociedad donde desde infantes y adolescentes se esté viendo, y naturalizando, el grado de atención, cuidado e implicación de sus adultos mayores en su presente, en los hechos sociales de a diario, tendrá directamente proporcional el mismo compromiso de dicha juventud para con su sociedad.

¿Quieren más pragmatismo? Cómo podemos decir a uno de nuestros jóvenes que apuesten por su barrio, su comunidad, su futuro empleo, su vida como ciudadano y contribuyente, cuando el destino final cuya meta es una ancianidad que debe ser digna, respetada, apreciada por sus conocimientos y donde la construcción conjunta nos enriquece a todos y cierra ese círculo vital sobre el que encontrar la integridad para caminar con el orgullo de ser humanos cuidando a los humanos…. ¿Cómo podemos pedir compromiso en el presente cuando ese futuro es una ancianidad olvidada, apartada, “apestada” socialmente, sin derechos y despojados de la dignidad de la ciudadanía que una vez fueron?

Le damos una vuelta de tuerca hacia nuestros vecinos del sur… ¿Cómo podemos decirle a la juventud de las naciones africanas que se esfuercen en construir un futuro en sus comunidades, ciudades y naciones cuando la vejez se asemeja más a un castigo inexorable? Quizá una razón más (a las ya muchas otras de mayor peso porque atentan contra la supervivencia) para arriesgar la vida con decenas de almas en una barca a expensas de un patrón diestro y una marea favorable hacia el sur de Europa.

En 1995 Nelson Mandela aludió ante organismos pro-derechos humanos en Francia a la “fuerza del secreto” que permite a los pueblos libres encontrarse con los “secretos sagrados de la historia”. Madiba no apelaba tanto a la mística como a la construcción de las sociedades africanas que describió el medico afroamericano Franz Fanon en su obra Masques Blancs reivindicando que el pueblo africano “encuentra el secreto de la emancipación al autentificarse cuando renuncia a imitar al blanco y vuelca su mirada en su propia historia y representaciones culturales y artísticas”. ¿Y si perdemos el valor de este reflejo en el que mirarnos para construir el futuro? Pues buscaremos otros referentes devaluando nuestros espejos, por “viejos inservibles”.

Grupo Albertia Servicios Sociosanitarios

Alvaro Martin de Vega – Fundación Derandein

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

*

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies